Un buen número de inversores (en España y otros países) ha seguido tradicionalmente
la estrategia de invertir sistemáticamente en las salidas de empresas a la bolsa,
aunque durante los últimos ejercicios se han dado numerosos ejemplos en los que
la rentabilidad ha sido negativa. De acuerdo con la ortodoxia financiera este
tipo de operaciones no debiera implicar necesariamente una rentabilidad superior
a otras alternativas, pero lo cierto es que se pueden enumerar algunas razones
por las que en muchos casos las salidas a bolsa resultan especialmente interesantes:
- Cuando una empresa sale a bolsa normalmente lo hace a través de uno o varios
bancos de inversiones, los cuales se encargan fundamentalmente de fijar un precio
para la salida y de buscar compradores; la combinación de estas dos actividades
obliga a ofrecer un precio atractivo para los inversores, a menudo fácilmente
evaluable para el pequeño inversor (descuentos en el tramo minorista de las colocaciones,
que paga un precio menor al de los inversores institucionales, o con incentivos
a la tenencia a largo plazo de las acciones).
- En el caso de empresas que desarrollen su actividad en sectores no presentes
en la bolsa, o que por su tamaño o perspectivas de crecimiento tengan una especial
significación en la bolsa, podemos fijarnos en el hecho de que el inversor tradicional
(a menudo los gestores de grandes carteras) tendrá una especial motivación por
entrar en el valor. Prescindiendo de valoraciones financieras, y siguiendo el
principio básico de diversificación de carteras, la necesidad de posicionarse
en el valor impulsará su cotización al alza (más aún cuando el valor tiene poco
capital cotizando libremente). El ejemplo más evidente de ello lo vimos en el
mercado español en Terra, en el que muchas compras se han justificado diciendo
que está muy caro pero hay que estar presente en el valor.
- Por último hay que señalar que los bancos de inversión comprometidos en las
salidas a bolsa están particularmente interesados en que estas operaciones sean
un éxito: por un lado ello les otorga un historial que mostrar a sus posibles
clientes en el futuro, y por otro compromete su prestigio como buenos "valoradores"
de activos; curiosamente este último factor sólo juega a la baja, es decir, si
la cotización de un valor cae estrepitosamente tras su salida a bolsa, la imagen
del banco de inversión queda dañada. Sin embargo si la cotización sube vertiginosamente
tras su salida, y aunque ello implica igualmente que el mercado quita la razón
al banco valorador, la operación se considera un éxito. A pesar de que la empresa
que sale a bolsa recoge menos fondos de los aparentemente posibles, ello se suele
justificar por la fragilidad de la psicología del inversor (cuya buena predisposición
podría haber quedado dañada por un precio de salida más alto) y por el valor que
recibe la empresa a través de la publicidad de una salida a bolsa de gran éxito.
Parece razonable pensar que, en la medida en que se cumplan estos factores, el
acudir a las salidas a bolsa de empresas es un buen negocio. Por supuesto también
juega un papel importante la adecuada selección de oportunidades, y lógicamente
las que más claramente ofrecen rentabilidad son las más demandadas y en las que
más difícil resulta tomar posiciones (normalmente se dan prorrateos e incluso
sorteos entre los peticionarios).
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