Latinoamérica: ¿problemas puntuales o crisis regional?
Pablo Pardo 08:00 Horas
Los expertos no se ponen de acuerdo acerca de si los problemas de América Latina son crisis puntuales o acabarán extendiéndose a toda la región. Sin embargo, sí coinciden en que las crisis de Venezuela y
Argentina pueden durar más de lo que se cree.
En Caracas, la gente se empuja para entrar en las tiendas que todavía no han subido los precios.
Argentina está en un proceso de colapso económico y social que amenaza con convertir a la segunda economía de Sudamérica en un país similar a los del área andina.
Uruguay, el tradicional refugio financiero de la región, tiene que intervenir un banco. ¿Estamos ante lo que en la jerga del FMI se llama una crisis sistémica, es decir, que afecta a todo el sistema financiero regional, o esto es sólo una acumulación de problemas nacionales?
Lo cierto es que los expertos no parecen ponerse de acuerdo. Para Graciana del Castillo, de Standard
and Poor’s, “por supuesto que hay contagio”. Sin embargo,
Adolfo Albo, economista jefe para latinoamérica del
BBVA, “cada país tiene una dinámica propia”.
Lucas Vigier, de AFI, es de una opinión similar: “La intervención de la filial en Uruguay del Banco
Galicia, que es argentino, es un contagio claro de los problemas de
Argentina, pero es un problema circunscrito a un banco, y que no afecta al resto del sistema financiero. Por el contrario, la situación en Venezuela se debe a la acumulación de problemas internos”.
El problema es que esas crisis locales no tienen una solución fácil. Mientras
Argentina continúa tratando de desatascar sus negociaciones con el FMI, la crisis venezolana ha introducido un nuevo factor de incertidumbre, particularmente por su componente político. “Los acontecimientos políticos serán decisivos para determinar el rumbo de la crisis –sostiene del Castillo–.
Si la situación sigue deteriorándose, la devaluación será mucho mayor y la inflación se disparará”. Las previsiones del Gobierno venezolano son de una inflación de entre el 10% y el 12% este año, aunque las primeras estimaciones –acaso influidas por las remarcaciones de precios en las tiendas de Caracas– hablan de una subida de los precios del 4% sólo en este mes de febrero.
Precisamente, el control de la hiperinflación ha sido uno de los logros del presidente venezolano, Hugo Chávez, quien ha reaccionado ante la crisis dejando de lado su populismo y recurriendo a un discurso ortodoxo.
El presidente venezolano planea un alza generalizada de la presión fiscal y un drástico recorte de gastos, algo que en principio ha agradado a los analistas, aunque muchos afirman que hasta que no vean a Caracas ponerlo en práctica no se lo acabarán de creer. El Banco
Central de Venezuela también está interviniendo masivamente en el mercado.
El problema es que estas medidas pueden lastrar el crecimiento de Venezuela, una economía que ya se ha visto dañada por la caída del precio del petróleo. Recientemente, el Gobierno de Chávez tuvo que reajustar el presupuesto para adaptarlo a un precio medio para 2002 del barril de referencia del crudo venezolano –el llamado mesa furrial– a 16 dólares, en vez de los 18,5 inicialmente previstos.
Para los más escépticos, el hecho de que ahora mismo, en pleno invierno en el Hemisferio Norte, el precio esté ya en 16 dólares, muestra que ese objetivo es difícilmente alcanzable salvo desagradables sorpresas en Oriente Medio o una reactivación más fuerte de lo previsto en la OCDE.
Para los más pesimistas, la crisis venezolana pronto se extenderá a Ecuador, donde la dolarización no ha sido la panacea que esperaba el Gobierno, en parte por la falta de reformas económicas. En el país andino existe un descontento social enorme y la deuda es difícilmente sostenible –el pago de intereses se lleva la mitad del presupuesto–, lo que se suma a la caída del precio del petróleo.
A ello se suma el hecho de que el país tiene elecciones en octubre, lo que anula la posibilidad de reformas. Perú, un país con un sistema cambiario que podría ser definido como de flotación sucia –con una intervención constante y discrecional de la autoridad monetaria– también es muy vulnerable a las fluctuaciones de sus vecinos.
Sin embargo, lo que de verdad preocupa a los mercados son las elecciones brasileñas, que tendrán lugar los días 6 y 27 de octubre. Con un crecimiento para este año de tan sólo el 2,4% y una fuerte volatilidad del real, la situación en
Brasil se ha complicado tras el asesinato del jefe de campaña del candidato de la izquierda, Luiz Inacio (Lula) da Silva.
Por ahora, sin embargo, Brasilia cuenta con una ventaja sobre sus vecinos: el respaldo del FMI y del Tesoro de EEUU. Porque la ayuda de esas instituciones es algo con lo que deben dejar de contar los países de la zona, tal y como los argentinos están empezando a comprender. “El FMI y el Tesoro no tienen nada que ver ahora con lo que eran hace quince meses, cuando estaba Camdessus en el Fondo y Clinton en la Casa Blanca.
Ahora esas instituciones prefieren correr el riesgo de una crisis sistémica antes de que les acusen de favorecer el riesgo moral, es decir, de utilizar sus créditos para salvar a quienes invirtieron sin tener en cuenta el riesgo de esos mercados” explica Fernando Fernández, rector de la Universidad Europea y experto en la región .
Sin embargo, sí es evidente que esa inacción va a agravar los problemas de financiación de esos países, cuya capacidad para captar fondos del exterior se ha desplomado desde la suspensión de pagos rusa de 1999 –ver información gráfica–. Albo reconoce que los problemas internacionales también influyen, ya que “el desplome de los flujos financieros que reciben los mercados emergentes está agravando los problemas de las economías más vulnerables”.
En medio de este desolador panorama, sólo
México ha proporcionado una buena noticia a los inversores, ya que la semana pasada su deuda obtuvo de Standard
and Poor’s, tras un largo proceso, el grado de inversión, con lo que sus títulos dejan de ser bonos basura.
El mercado parece estar empezando a considerar que la economía mexicana está desconectándose del resto de Latinoamérica mientras su ciclo se acopla al de EEUU. Según Albo, “México parece haber roto el ciclo de expansión seguida de colapso cada vez que había elecciones o que EEUU entraba en recesión. Ahora, en vez de colapso, sólo se produce una recesión, como la que está sufriendo ahora. Mientras, el sistema institucional ha ganado en solidez”.