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Anexo A1, Entresijos del Alzamiento del 18 de Julio de 1.936 ...

Stanley G. Payne es Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad
de Wisconsin y uno de los más prestigiosos conocedores de la Historia de España.

Anexo A1, Entresijos del Alzamiento del 18 de Julio de 1.936 ...

STANLEY G. PAYNE, Franco y el 18 de Julio


Por razones obvias, ningún otro nombre ha estado tan estrechamente relacionado con el 18 de Julio como el de Franco. En los manuales de Historia y en otros textos de numerosos países, no sólo de España, cabe encontrar frecuentes referencias a «la rebelión de Franco del 18 de Julio» o a «la sublevación de Franco y sus generales».

Lo que se da por hecho en todos ellos, sin excepción, es que Franco fue el responsable, en primera instancia, del desencadenamiento de la Guerra Civil o, como mínimo, el cabecilla de la insurrección contra el Gobierno republicano de izquierdas.

Cualquier persona seriamente informada sobre la Historia de la Guerra Civil sabe, por supuesto, que Franco no se convirtió en jefe del Estado rebelde hasta el 1 de octubre.

>>Sin embargo, se suele mantener en la oscuridad la peculiar relación de Franco con la rebelión propiamente dicha.

Franco, efectivamente, se rebeló, pero ni organizó ni encabezó la rebelión, y, además, fue uno de los rebeldes menos entusiastas, que sólo se comprometió personalmente con la sublevación muy a última hora, apenas unos días antes de que se produjera.

Con frecuencia, se dice de Franco que era famoso por su prudencia y su cautela, aunque estas cualidades se vieron notablemente rebajadas una vez que se convirtió en dictador y, muy especialmente, después de su victoria en la Guerra Civil.

Por comparación, esas cualidades alcanzaron su máxima intensidad en los años de la República. Después de haber expresado una breve protesta verbal, más bien con sordina, contra el advenimiento del nuevo régimen, Franco actuó dentro de la más completa disciplina y respeto durante los cuatro años siguientes.

Aunque el dirigente republicano, Manuel Azaña, como es fácilmente comprensible, albergaba ciertas sospechas contra él, no podía argüir ninguna justificación para imponer al general ninguna sanción de importancia.

En 1934, poco después de la caída de Azaña, Franco fue designado para cubrir la primera vacante de ascenso a general de división.

El ascenso le fue otorgado no por la derecha política, sino por el Gobierno radical democrático, de tendencia centrista, para el que luego coordinó la represión de la insurrección revolucionaria de octubre de aquel año.

No había lugar para plantear si Franco era un demócrata o un republicano, por lo que se refiere a sus convicciones personales. Sus valores políticos eran, básicamente, monárquicos y autoritarios, pero respetaba la República en cuanto que régimen legalmente establecido y, fundamentalmente, aprobaba la táctica, es decir, la política legalista de la católica CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), el mayor partido político de España, que proponía como recurso la utilización de tácticas pacíficas y parlamentarias para pasar del sistema republicano a un régimen católico y corporativo.

Así pues, la CEDA representaba una tendencia derechista análoga a la política izquierdista del PSOE que, asimismo, propugnaba la evolución de la República democrática hacia la izquierda.

Cuando el principal dirigente de la CEDA, Gil Robles, entró finalmente a formar parte del Gobierno republicano como ministro de la Guerra, en mayo de 1935, nombró a Franco jefe del Estado Mayor, lo que suponía elevarle al rango más alto del mando militar.

Sin embargo, las tácticas de la CEDA estaban condenadas al fracaso porque Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, privó al partido católico de la dirección del Gobierno, a lo que su condición de principal partido de la mayoría le había hecho acreedor en circunstancias normales.

Cuando eso ocurrió, en diciembre de 1935, militares y políticos derechistas pidieron a Franco que, como jefe del Estado Mayor, encabezara un golpe militar contra el presidente. Franco se negó a ello, con el pretexto de que el Ejército estaba demasiado débil y dividido para emprender una acción de tal naturaleza; una opinión que, sin duda alguna, se ajustaba a la realidad.

Cuando el Frente Popular obtuvo su decisiva victoria en las elecciones de febrero de 1936, la actitud de Franco ya no era la misma, si bien en aquel momento hizo un llamamiento a los dirigentes centristas del Gobierno para que llevaran a efecto un golpe «legalista», mediante la promulgación de un decreto que declarara oficialmente el estado de guerra y anulara los resultados de las elecciones.

La respuesta de Franco a la victoria de las izquierdas en 1936 fue muy parecida a la de Azaña y la izquierda después de la victoria de las derechas en 1933.

En ambos casos, el perdedor pretendía la intervención del Gobierno para anular los resultados electorales, pero tanto unos como otros se cuidaron mucho de promover una rebelión violenta.

La conspiración militar progresó rápidamente en las semanas siguientes, pero carecía de objetivos concretos y de organización. El nuevo Gobierno de Azaña colocó prácticamente en todos los puestos militares de mando importantes a generales partidarios de la República, moderados o liberales, mientras que destinó a los elementos más sospechosos a puestos de segundo orden.

Fue así como a Franco se le encomendó el mando militar de las Canarias, cuyo cuartel general estaba en Tenerife.

Franco no confiaba en absoluto en las poco serias confabulaciones de los conspiradores militares, aunque mantenía el contacto personal con todos ellos. Sus preferencias eran todavía adoptar las tácticas de la CEDA y, por ello, aceptó un puesto en la lista de las derechas para las elecciones parciales a Cortes que habían de celebrarse en la provincia de Cuenca el 5 de mayo de 1936, con la creencia de que la inmunidad de un escaño parlamentario era mucho más apetecible que la participación en una conspiración militar a la desesperada y de resultado incierto.

Tal y como confesó Franco a su primo y ayudante militar, Francisco Franco Salgado-Araujo, muchos años después, él creía que era mejor seguir trabajando en la legalidad republicana mientras durase, porque la alternativa era un salto en el vacío y a la desesperada, con resultados totalmente inciertos.

Continuará mañana ...
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