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La segunda falacia es suponer que la división actual entre países ricos y pobres arranca o es heredera de la explotación colonialista que finalizó en los años sesenta o setenta, y que perdura bajo otras formas de explotación económica. Resulta sorprendente que, a pesar de los numerosos y concluyentes estudios que refutan el pretendido intercambio económico "desigual" de los países colonizados hacia sus metrópolis, se siga insistiendo en este error. Casi todos los estudios concluyen que la realidad ha sido precisamente la contraria: han sido los países imperialistas los perjudicados, mientras que las colonias se han visto económicamente favorecidas por su relación con las metrópolis.
Rondo Cameron asegura que las razones del imperialismo económico son variadas y complejas, pero califica de falacias las esgrimidas por los marxistas que siguen tan en boga y que se centran en que las potencias recurrieron al imperialismo para invertir su capital excedente, vender su exceso de producción y esquilmar las materias primas, lo que condujo a un empobrecimiento de las colonias y al enriquecimiento de las metrópolis. Los análisis empíricos demuestran lo contrario.
El atraso crónico de España se ha debido en gran parte a la intervención monopolista de la Corona que limitó el libre comercio de ultramar y nuestro país sólo es capaz de iniciar una relativa expansión industrial cuando se desprende de sus posesiones en el XIX. Y precisamente la colonia que más tiempo estuvo sometida, Cuba, llegó a tener una renta per capita muy superior a la de la metrópolis. Cuando en 1959 comienza la revolución, la renta per capita cubana era el doble que la española y hoy es de 1.540 dólares, menos de la décima parte que la nuestra.
Las consecuencias económicas para Portugal de su imperio han sido igualmente nefastas, y este país ha tenido su mayor expansión a partir de mediados de los setenta, cuando se independizan sus colonias. Holanda inicia un espectacular desarrollo comercial cuando es colonia española y se retrasa económicamente al convertirse en el siglo XVIII en potencia colonial. En Inglaterra comienza la revolución industrial cuando precisamente se desprende de su colonia más rica, los Estados Unidos. Pero los casos mejor estudiados son lógicamente los acaecidos en la segunda mitad del siglo XX y muy especialmente los de Alemania, Italia y Japón, los países perdedores de la II Guerra Mundial y los más devastados por tanto, que consiguen a pesar de ello una recuperación económica mucho más intensa que los vencedores, Francia y el Reino Unido, gracias precisamente a que pierden sus colonias. El atraso relativo de Francia en los años cincuenta se explica igualmente por el lastre que le supuso mantener las colonias de Indochina y Argelia.
Centrados ya en las fuertes desigualdades que existen entre una regiones y otras del planeta, es necesario desmontar otra falsa opinión. No es cierto, como se suele decir, que las regiones más pobres hayan empeorado sus condiciones absolutas, aunque sí su pobreza relativa con relación al desarrollo medio mundial. Sin embargo, es verdad que en periodos coyunturales la situación económica de algunas zonas puede llegar a empeorar, como ha sucedido durante la década pasada en el Africa subsahariana y en Latinoamérica. Según el informe del Banco Mundial, durante los años noventa, que fueron especialmente negativos para estas regiones, el porcentaje de habitantes que viven en condiciones de extrema pobreza se ha mantenido prácticamente invariable, mientras que su número ha crecido pero en menor proporción a como lo ha hecho la población. Donde sí se ha producido un terrorífico retroceso es en la Europa del Este, donde la población que vive en condiciones de extrema pobreza ha pasado de 1,1 millones en 1987 a 24 en 1998.
Ahora bien, si contemplamos periodos más largos, se puede apreciar una cierta mejora de las condiciones de vida, aunque insignificante en comparación a cómo se han desarrollado los países industrializados. En las zonas más empobrecidas de Africa la tasa de mortalidad infantil es en la actualidad de 150 por 1.000 nacimientos y la esperanza de vida se sitúa en 53 años, 25 menos que en las naciones opulentas pero el doble de la que existía en Europa hace 200 años. Este avance es real a lo largo de todo el siglo XX, pero posiblemente algo engañoso si contemplamos las últimas décadas, ya que la mejora se ha centrado sobre todo en la sanidad y, consecuentemente, en el aumento de la población, pero poco o nada en la renta disponible. De hecho, el informe del Banco Mundial asegura que en el Africa subsahariana el consumo por habitante ha caído un 1 por ciento anual durante las dos últimas décadas.
En América Latina la mejora económica durante el siglo XX es más clara a pesar de numerosos altibajos. Según un reciente estudio realizado por la revista Time, que tiene el valor de calcular la renta en paridad de poder adquisitivo, a principios de siglo la renta media de toda Latinoamérica era aproximadamente el 15 por ciento de la de Estados Unidos y hoy representa el 18 por ciento. El atraso es todavía brutal y la convergencia ha sido mínima, pero teniendo presente el espectacular desarrollo norteamericano durante todo el siglo, posiblemente el más intenso del planeta, la mejora es evidente.
A grandes trazos, la historia económica del planeta durante los dos últimos siglos es que el capitalismo, y la consecuente eliminación de la pobreza hasta entonces crónica de la humanidad, comienza su andadura en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra gracias a la Revolución Industrial, y se va extendiendo rápidamente a los países del Norte, tanto los europeos como los americanos, durante el siguiente siglo. Los países europeos del Sur se suben mucho más tarde al tren de la industrialización; unos, como Italia, en la posguerra, y otros, como España y Portugal, ya en los años sesenta y setenta. Irlanda es un caso atípico de un país septentrional que consigue una tardía, aunque espectacular, expansión. Y también recientemente varios países asiáticos están alcanzando rentas por habitante cercanas a las de los países desarrollados, como Taiwan, Singapur, Malasia y Corea del Sur. Este último país era hace 30 años más pobre que Marruecos y hoy tiene una renta diez veces superior a la de esta nación norteafricana, y un nivel similar a Portugal.
El resto de las regiones del mundo se mantienen, por el contrario, con economías agrarias y con niveles de vida cercanos a la mera subsistencia, es decir, sólo algo mejor de como vivían todos los habitantes de la Tierra hace 200 o 300 años. Como muy gráficamente lo ha expresado Gabriel Tortella, "lo que ha ocurrido en el mundo durante los dos últimos siglos es algo parecido a una carrera donde unos corren mucho y otros muy poco". Por ello, la ventaja del grupo de cabeza sobre el resto es cada vez mayor, lo que en términos económicos se traduce en una creciente desigualdad.
Paul Bairoch ha calculado la diferencia de rentas per capita a mediados del siglo XVIII y estima que la de Europa occidental era sólo un 30 por ciento superior a la de la China y la India, la misma desigualdad que existe ahora entre España y Bélgica. En un artículo publicado a principios del año pasado en el Financial Times, Martín Wolf asegura que, al comenzar el siglo XIX, la diferencia entre los países más ricos y más pobres del mundo era ya de tres a uno; en 1900, de diez a uno y, en la actualidad, la desigualdad de rentas llega a ser de 60 a uno. La renta per capita media de todo el planeta es ahora de unos 6.000 dólares medida en PPA, pero la abismal brecha aparece al comprobar que el país más rico disfruta de unos ingresos de 29.000 dólares por persona, mientras los habitantes del más pobre viven con 500. La desigualdad sería algo menor si la comparación se estableciera entre la región formada por los países más desarrollados y las zonas más empobrecidas, pero las diferencias de rentas serían también escandalosas y, lo que es más importante, crecientes.
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